20 de septiembre al 10 de octubre
Sala Siglo XXI. Museo de Huelva

Organiza: Diputación de Huelva
Colabora: Delegación de Cultura. Junta de Andalucía

 

 

EL ACTUAL LENGUAJE EXPRESIVO DE CARLOS CIRIZA

Desde que en la segunda década del siglo XX Pablo Picasso (1881-1973) incorporara a sus lienzos rejillas y cuerdas, muchos han sido los artistas que progresivamente han ido añadiendo elementos reales al soporte pictórico en busca de una mayor sensación de volumen. Uno de los casos más paradigmáticos de este proceder fue el del artista alsaciano Hans Arp (1887-1966), quien mediante la superposición de relieves de madera pintada logró dotar a sus obras de una innegable volumetría, además de conferirles un cautivador encanto poético. No obstante, su práctica quedo anclada en una mera experimentación que no trascendió del pragmatismo dadaísta. Más cercanos a nosotros son Manuel Millares (1926-1972) o Manuel Rivera (Granada, 1927), que incorporan al soporte diferentes materiales volumétricos como telas encoladas y cuerdas, en el caso del primero, o telas metálicas, en el segundo.

Como vemos, paralelamente al progresivo avance del arte contemporáneo se han ido desarrollando diferentes inquietudes que han llevado a los artistas a reflexionar sobre la utilización de determinados materiales y procedimientos, en aras de lograr un determinado objetivo. Incorporar elementos volumétricos al soporte pictórico no es hoy en día, por tanto, algo novedoso.

Sin embargo, hay excepciones. Carlos Ciriza, pintor y escultor navarro, nacido en Pamplona en 1964, aunque estellés de corazón, y de quien ahora tenemos ocasión de contemplar una interesante muestra de sus obras más recientes, no ha sido ajeno a la tradición, que ha sabido sintetizar a través de un lenguaje de marcada personalidad. Y es aquí donde radica el interés que prestamos a su trabajo, ya que tras esta síntesis, en la que se quedan anclados muchos artistas dando palos de ciego, este autor ha sabido reflexionar hasta concretar con decisión su particular expresividad.

Con motivo de la exposición de sus pinturas y esculturas celebrada en Pamplona en octubre de 2000 en el marco del VI Congreso "Cultura Europea", escribimos unas breves reflexiones sobre el artista y su actual línea de trabajo, que se presentaron a modo de folleto bajo el título "Un nuevo lenguaje expresivo". En él hacíamos especial mención al desarrollo de su producción en los dos últimos años, en la que progresivamente se había tendido a compendiar en una sola expresión el plural lenguaje de la pintura y de la escultura. Creemos que, a la vista de estas nuevas obras, tal aspecto merece un estudio más detenido.

Carlos Ciriza se ha impuesto en sus últimas creaciones una clara línea de trabajo: convertir, literalmente, la escultura en tema de la pintura. En el citado folleto señalábamos que este deseo, tan evidente, de trasladar al lienzo las siluetas de sus esculturas arranca, por poner una fecha, aunque esto podría matizarse más, de 1999, año en que el artista se traslada a Eslovenia, invitado a participar en las "XII Jornadas internacionales de Pintura" junto a artistas europeos de la talla de Ashot Bayandour (Yerevan, 1947), Andrej Jemec (Vizmarje, Ljubljana, 1934), Valentin Oman (Ätebn, St. Stefan, 1935), y otros tantos, todos ellos nombres claves para el arte actual de sus países de origen. En estas pinturas, Carlos Ciriza "siluetea" formas que más adelante, ya en el 2000, llevará directamente a la escultura. Los colores planos dan paso a juegos de líneas ondulantes, a llenos y vacíos, a formas circulares. En muchas de estas pinturas, sobre todo en las de mayor formato, predominan los azules y ocres, colores que en la actualidad centran su atención.
No obstante, esta interrelación entre la pintura y la escultura como tema de ésta se hace más patente en los cuadros que acompañaron a las esculturas presentadas en enero del 2000 en Pamplona bajo el título de "Reflexiones sobre el color, espacio, volumen y vacío". En esta muestra el artista trasladó al lienzo no ya insinuaciones escultóricas, sino las propias esculturas.

Francisco J. Zubiaur, actual director del Museo de Navarra y una de las personas que mejor conoce la trayectoria de nuestro artista, señaló recientemente que en su pintura "hay desde sus orígenes una inquietud por dotar a la superficie plástica de un contenido, ya no sólo formal, sino físico, con una tendencia clara hacia la tridimensionalidad, que explica por qué este autor se ve impulsado a superar en ocasiones los límites del cuadro en pos de una mayor libertad de ejecución". Efectivamente, esto se ve ya en obras clásicas del artista como las que componen la colección "La luz, una ventana a los sentidos", realizada en 1991, en la que las formas estructuradas traducen inquietudes escultóricas.
Pero no hablamos aquí de Ciriza como incorporador al soporte pictórico de elementos tridimensionales, aspecto este utilizado ampliamente por él desde sus primeras obras. Aquí queremos hablar de su labor como iconógrafo de la escultura, es decir, como artista que la ha convertido, como tal, con su masa, su volumen, sus formas y sus vacíos, en tema central del lienzo.

Su obra ha sufrido una gran evolución desde sus primeras creaciones a las que ahora ocupan nuestra atención, debida ésta al continuo proceso reflexivo seguido por el artista y al que ya hemos hecho mención en alguna otra ocasión. A finales de los 70, partiendo de unas inquietudes por el color y las formas propias del momento, el artista estellés ha ido progresivamente acercando ambos procedimientos, pintura y escultura, hasta fundirlos en una misma obra, planteamiento que por sí resulta bastante original.

En sus inicios, comenzó a pintar figuraciones con paisajes y bodegones, pero poco a poco las formas se fueron sintetizando hasta llegar a un claro predominio del color. Hay una fase de hondo tachismo en su pintura, influida por la Action Painting norteamericana. No obstante, su creciente interés por el medio escultórico, incentivado por las continuas visitas a la serrería familiar, sita en Estella, le llevaron a dar cada vez más importancia a la forma, a la masa. Se sucederán a partir de entonces sucesivas fases en las que el artista incorporará al lienzo diferentes materiales en busca de la ansiada tridimensionalidad.

Su lenguaje plástico continuó enriqueciéndose con nuevos matices y su vocabulario se hizo más fluido y por tanto más seguro. Y fruto de esa seguridad es su creciente interés por seguir experimentando sobre la interrelación de la pintura con la escultura. Carlos Ciriza asimila pero no copia, crea. Sus colores se han simplificado, ha adquirido la fluidez en el uso del lenguaje, la capacidad de decir todo sin apenas palabras.

Sus cuadros actuales son reducidos en colores, casi monocromos. El artista no necesita más medios para expresar sus ideas y, lo que es más difícil, hacérnoslas llegar. Sobre fondos dominados por un tono, por una gama cromática, desarrolla las siluetas de sus esculturas creando una imagen de tridimensionalidad volumétrica y buscando provocar un impacto visual en el espectador. Trata de comunicar los volúmenes nítidos de la pieza escultórica, abogando así por una configuración estructural más simple que permita un mayor acercamiento a la obra de arte. En muchos de los casos el plano es solicitado para entrar en competencia con los volúmenes, creando así unas obras inéditas que presentan su condición de pintor-escultor.

Hablamos de siluetas tomadas de esculturas, pero, ¿qué esculturas son estas? En este terreno también se ha seguido un particular proceso reflexivo en el que sus primeras obras son fruto de lo más cercano, de lo próximo, del campo estellés. Esto tendrá su proceso paralelo en la pintura. Progresivamente, estas esculturas fueron depurándose hasta alcanzar una doble vertiente. Una monumental y contundente en las formas, en la que podemos situar algunas de sus más recientes obras como Stela (Estella, Navarra), o Basajaun (Sumbilla, Navarra); y otra sinuosa y de menor formato, hasta llegar en la actualidad a una depuración casi absoluta. Las formas han sido privadas de todo elemento accesorio, de todo lo superfluo, incluido en muchos casos el tratamiento de oxidación al que venía sometiendo sus pequeñas piezas construidas en acero y hierro. Por su parte, el gran formato de sus obras públicas, que están proyectadas para ser colocadas en espacios visibles, en un claro interés de democratizar el arte, de hacerlo accesible a todos, participa totalmente de ese estudio de volúmenes y formas que interaccionan con el espacio a través de juegos de llenos y vacíos.

Creemos que es llegados a este punto donde debemos volver a la idea original de esta reflexión. Al crear una escultura, Carlos Ciriza podría haberse quedado en esto, en una bella creación, una obra en sí, completa, original y única. Pero no lo considera suficiente, y va más allá al comprender, y por qué no, que la escultura es imagen, icono, y como tal, es susceptible de ser trasladada al soporte pictórico. La escultura como tema de la pintura. Y así, incorpora las inconfundibles formas de la pequeña escultura al soporte, sea lienzo o madera, primero como complemento de la propia escultura; finalmente como tema del cuadro.
Ciriza ha trascendido con esta experiencia al unificar dos artes antagónicas, pintura y escultura, en una sola obra; ha convertido a la escultura en iconografía de la pintura, y ambas se han enriquecido mutuamente. La escultura ha aportado sus formas y su preocupación y reflexión por los espacios y volúmenes. La pintura, por su parte, ha contextualizado a la escultura, la ha concretado en un espacio a modo de marco. Los espacios abiertos en la escultura nos permiten ver el fondo pictórico, integrándose así ambos procedimientos en uno, en una única obra de arte. Este bello resultado, que nos cautiva a través de su intensidad, tanto pictórica como escultórica, es consecuencia de todo un proceso evolutivo en el que el artista no ha tenido reparos en buscar referencias en su pasado.
Carlos Ciriza ha dado con estas últimas obras un paso más en su creación artística; un paso necesario en su personal deseo de transmitirnos sus inquietudes estéticas, que divagan a través de un universo íntimo cargado de color y de volumen. El autor aporta espiritualidad a sus obras, por lo que éstas viven y nos hablan, lo cual encierra en sí el verdadero valor artístico de cualquier creación humana: ser comunicativa. Las verdaderas obras de arte son páginas claras en las que podemos leer un mensaje, en el que se encierra el verdadero fondo. Una pintura o una escultura son un medio de expresión, productos de toda una reflexión iniciada en la mente del artista y que cobra forma a través de los materiales.

Y todo este intenso proceso comunicativo, y por supuesto informativo, lleno de vida y pureza, llega directo al espectador, al receptor de un mensaje parlante y de gran riqueza semántica, quien descodifica la información y se posiciona ante la obra de arte, aceptándola o rechazándola, pero en el caso de Carlos Ciriza, que no necesariamente en el de todos los artistas, nunca quedando indiferente. Todo esto, de lo que el artista es muy consciente, se resume perfectamente en sus palabras: "La obra no figurativa puede tener sus raíces en los recuerdos, necesariamente figurativos de nuestra memoria visua,l y, por otra parte, puede prolongarse hacia nuevas experiencias ópticas del espectador al ver objetos o formas naturales. La obra conseguida ha logrado su propio idioma, que puede ser o no entendido: eso depende del espectador."

Ignacio J. Urricelqui