Una mirada que se llama Antonio Gómez
Antonio Gómez tiene la misión de recordarnos (continuamente) que existe otra forma de ver las cosas. Nosotros, los inocentes, los que admitimos la realidad como la vemos, los que asumimos el orden de los órdenes, los que decimos “las cosas (son) como son”, somos incapaces de detectar ninguna señal por debajo de tanta vida colocada en sus sitios respectivos; miramos sin ver lo que miramos y, lo peor: damos por hecho que todo está dónde debe estar, a la hora convenida y con el sentido evidente.
No.
Antonio Gómez sabe que esto no es así, o que es así, pero que puede ser de otra manera, con otros designios, por otras razones. (Yo observo, tú observas, todos observamos, pero no se ve ninguna alteración; cada cosa en su lugar, cada lugar en una cosa, a su tiempo, en su momento. Por mucho que vigiles, atentamente, todo sigue igual; o lo que es más peligroso: parece que sigue igual.) Percibir entonces estos contrasentidos, los cambios inapreciables, los movimientos sin respiración no es cuestión de disciplina ni de dedicación, exigir estar entre los elegidos, pertenecer a los ojeadores del silencio, los que tienen la vista acostumbrada a las sombras, preparada para todas las penumbras.
Sí.
Antonio Gómez mira, intuye, toca, decide y te ofrece lo distinto, lo que de tan evidente (y obvio) te da vergüenza admitir no haberlo visto antes; aunque estaba ahí, a tu lado, (y vivía) contigo a diario, tan real como la realidad, tan cierto como cualquier duda. Lo único terrible (sí: terrible) es que cuando Antonio Gómez nos enseña a ver las cosas como él las ve, ya nada puede ser igual que antes. A partir de ese instante desconfías de cualquier objeto, de cualquier idea, de cualquier casualidad; se te queda prendida de los ojos (para siempre) la imagen de un desconsuelo sin medida, porque lo que te ha mostrado te pega de lleno en lo que creías resuelto para siempre.
Siempre.
Hay que tener mucho cuidado con cada acto de Antonio Gómez (él, irónico, acostumbrado, con el silencio, lo llama obra), porque cada palabra que dice tiene un nuevo sentido que cobra sentido en el sentido que tú no sabías que tenía, cada postal que pone en el correo es una carta que llega del laberinto y que estaba destinada para tu asombro, cada libro la conjunción de todos los espejos donde se reflejan las mismas sorpresas. Como haga algo, y se pasa haciendo algo desde hace trescientos sesenta y cinco años del día, te va a dar un vuelco el entendimiento y se te va a clavar en la memoria una espina impresa que viene de Mérida. Ya no sabremos qué hacer para convencerle que nos devuelva el orden primitivo, que nos deje la cosas en su sitio, que no descubra los enigmas que necesitan un futuro; pero sigue empeñado en desvelar el misterio, en colocar los contrarios, en decidir por nosotros. Desde que empezó con su tarea (que no sabemos quién le ha encomendado), no se debe abrir los ojos para mirar nada sin estar convencido que Antonio Gómez nos lo va a enseñar de otra manera, la que vive y existe por debajo de nuestra consciencia, y que sólo él sabe expresarla.
Además, es posible y permanece.
Víctor Infantes
